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Categoría: Camello

  • Dudar de Dios: el costo de pensar por cuenta propia

    A los seres humanos nos persigue una necesidad difícil de domesticar: explicar por qué las cosas son como son, incluido el sentido de estar aquí. Esa urgencia —antigua, insistente— ha levantado templos en la mente mucho antes de levantar templos en piedra. Y, con ella, hemos edificado a los dioses en los que hemos creído.

    Si eres creyente, es probable que sientas que tu fe es la verdadera, o al menos la más consistente: un marco suficiente para comprender el mundo y soportarlo. Pero precisamente por su peso, la creencia en Dios no debería tratarse como un adorno cultural ni como una costumbre heredada. También debe ser examinada con rigor.

    Creyentes y no creyentes compartimos algo: la posición que tomamos frente a Dios —creer, negar, dudar, resignificar— termina moldeando nuestros valores, y con ellos, nuestras decisiones. Por eso vale la pena preguntarse no solo qué crees, sino de dónde viene aquello que crees.

    Las preguntas que suelen evitarse

    Hay inquietudes que parecen demasiado grandes para el lenguaje, pero justamente por eso conviene acercarse a ellas sin prisa:

    • ¿Dios es bueno?
    • ¿Es creador o solo ordena lo existente?
    • ¿Interviene en nuestras vidas o permanece indiferente?
    • ¿Es un ente independiente de nosotros… o una proyección nuestra?
    • ¿Somos nosotros? ¿Somos todos?
    • Y la pregunta menos cómoda: ¿existe?

    Muchos pensadores han pasado por estas puertas y han tomado decisiones trascendentales. Algunos fortalecieron su creencia, otros la transformaron, y muchos la abandonaron. Y para quienes la abandonaron —o para quienes ya no pudieron sostenerla— la vida se volvió, en cierto sentido, más retadora.

    Lo que se pierde cuando ya no hay un “alguien” arriba

    Dejar de creer en Dios no es solo cambiar una idea. Es, muchas veces, perder un sujeto externo de confianza: ese “alguien” al que se acude cuando la realidad supera la voluntad.

    En momentos de tensión, la fe ofrece algo concreto: la posibilidad de pensar que existe una fuerza superior que, de algún modo, hará que todo redunde en algo bueno. Cuando esa posibilidad desaparece, queda una sensación difícil de nombrar: desprotección.

    Esa desprotección revela la fragilidad de la existencia humana, y puede ser abrumadora. Porque la vida —sin garantías metafísicas— no se vuelve automáticamente peor, pero sí se vuelve más desnuda.

    El problema de la moral: si no hay Dios, ¿de dónde viene “lo bueno”?

    La pregunta moral llega rápido y suele llegar con ansiedad:

    Si Dios no existe, ¿de dónde viene el conocimiento sobre lo bueno y lo malo?

    Para muchas tradiciones religiosas, Dios no es solo un creador: es el fundamento de la moral. Su existencia sostiene la idea de que hay criterios objetivos, universales, no negociables. Cuando esa base se agrieta, aparece una incomodidad doble:

    1. La moral deja de sentirse “dada” y empieza a sentirse “construida”.
    2. La responsabilidad cae sobre nosotros, sin intermediarios.

    Abandonar una fuente objetiva de moral implica vivir bajo reglas que fueron creadas por simples mortales —tan frágiles como nosotros— o asumir la tarea más compleja: definir un código propio, sabiendo que no existe un juez externo que lo legitime.

    Y entonces aparece una emoción que suele confundirse con lucidez.

    La ira contra el pasado

    La mente está siempre atenta al peligro. Por eso nos cuesta sentirnos a gusto con el presente: solemos vivir con la sensación de que debemos movernos, cambiar, corregir, escapar. Como si permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar —interno o externo— nos pusiera en riesgo.

    Esa dinámica mental, sumada al descubrimiento de que quizá no existe una moral objetiva, puede volverse un cultivo perfecto para la ira: ira contra la crianza que recibimos, contra los valores que nos inculcaron, contra las decisiones que dejamos de tomar por obediencia moral.

    Es fácil pensar:

    “Podría tener una vida mejor si no hubiera seguido reglas anacrónicas.”

    Y a veces es cierto. Pero incluso cuando lo es, la pregunta más incómoda no es esa. La pregunta es otra:

    ¿Quién serías hoy si no hubieras creído lo que creíste?

    No hay manera de responder sin entrar en duelo.

    Examinar tus creencias no es traicionarte

    La invitación no es que abandones la fe. Tampoco que la adoptes. La invitación es más simple y más peligrosa: examinar con rigor tus creencias.

    Esta cuestión es tan profunda que no esperaría que la resuelvas entre hoy y la próxima publicación. Pero sí te propongo que inicies un proceso de meditación si aún no lo has hecho. Mantén la disciplina de cuestionarlo todo, incluso aquello que te han prohibido cuestionar.

    Porque en muchas religiones dudar es pecado: la duda se entiende como lo opuesto a la fe. Sin embargo, la duda también puede ser otra cosa: no una traición, sino una forma de honestidad.

    La duda es necesaria para despertar un ánimo investigador.
    El ánimo investigador es necesario para el descubrimiento.
    El descubrimiento es necesario para hacerse consciente de la existencia.
    Y esa consciencia —aunque no consuele— es necesaria para obtener una libertad real: esa que solemos arrebatarnos cuando preferimos respuestas heredadas antes que preguntas propias.

  • Cuestionar la moral: elegir la carga que decides llevar

    En publicaciones anteriores hablábamos del ejercicio de reflexionar sobre qué cargas deseas abandonar y cuáles decides conservar. Un buen punto de partida para hacer esa evaluación son tus juicios morales.

    La moral constituye el conjunto de normas —implícitas y explícitas— que se construyen a partir de la costumbre y que buscan delinear el comportamiento de las personas. Gracias a ella solemos clasificar las acciones y decisiones como buenas o malas. Sin embargo, esta moral suele ser una de las cargas más pesadas que llevamos, y casi siempre nos viene impuesta desde fuera de nosotros mismos.

    Lo que consideras bueno o malo está determinado, en gran medida, por las enseñanzas de tus padres y por los dictados de la religión que profeses —si es que profesas alguna—. De hecho, la religión ha sido históricamente una de las principales fuentes de la moral, y la familia, su principal guardiana. Cada deidad ha dictado lo que debe considerarse correcto o incorrecto, estableciendo recompensas para la bondad y castigos para la maldad, mientras en el ámbito familiar se nos insta a vivir conforme a esos principios.

    Evaluar la moral implica necesariamente cuestionarla. Y este suele ser un punto doloroso para la mayoría de las personas, porque cuestionar la moral significa poner en duda las creencias más profundas, tanto propias como del entorno. De ahí que este ejercicio provoque con frecuencia rechazo, confrontaciones y ataques defensivos.

    Reflexiona sobre tus juicios morales en la vida cotidiana. La próxima vez que escuches una historia y sientas el impulso de catalogar una acción como buena o mala, detente un momento y pregúntate: ¿por qué creo que esto es bueno o malo?
    Al profundizar, descubrirás que muchas categorías morales se sostienen en afirmaciones como “porque así lo dice Dios” o “porque es lo mejor para la convivencia social”. Pero entonces surge una pregunta incómoda: ¿y si Dios no existe? Y, asumiendo que no existe, ¿por qué deberíamos procurar la convivencia social?

    Cuanto más ahondes en estas reflexiones, más cerca estarás de territorios incómodos que la mayoría de los adultos no está dispuesta a transitar. Pocas personas se atreven a cuestionar su fe, o incluso a poner en duda la idea de la convivencia y la supervivencia de la humanidad como valores incuestionables. Sin embargo, hacerlo es necesario si realmente deseas elegir de manera autónoma la carga que decides llevar.

    Es importante tener presente que cuestionar no significa negar ni oponerse automáticamente. Cuestionar es, ante todo, preguntarse para clarificar. Puede ocurrir que, tras examinar la moral que sigues, comprendas su origen y decidas conservarla. Pero también puede suceder que optes por modificarla profundamente, buscar nuevos referentes o, quizá, construir tu propia estructura moral.

    Evaluar la moral implica, además, una revisión cuidadosa de los valores que la sostienen. Más adelante podremos profundizar en estas reflexiones y explorar cómo moldear conscientemente una ética que no sea heredada por inercia, sino elegida.

    Espero que te animes a continuar recorriendo el blog y a avanzar en esta tarea de liberarnos del ánimo servil que a veces resulta agobiante, para dar paso a una disposición más plena y autónoma. Intento mantener la disciplina de publicar cada lunes y jueves.

  • El camello interior: las cargas que no elegimos y la ilusión del libre albedrío

    En la publicación anterior, El camello y la carga que no cuestionamos, propuse un ejercicio aparentemente sencillo: escribir preguntas sobre las motivaciones de nuestra vida cotidiana. No se trataba tanto de responderlas, sino de entrenar una capacidad que rara vez ejercitamos con rigor: preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos y por qué creemos lo que creemos.

    Ahora vale la pena detenerse en un detalle clave del ejercicio: la cantidad de preguntas que lograste formular. Ese número no es trivial. Es, en muchos sentidos, un indicador directo de la cantidad de hábitos, creencias y decisiones que operan en tu vida sin haber nacido realmente de tu voluntad, sino como cargas heredadas, asumidas y normalizadas.

    El camello como metáfora de la carga inconsciente

    La cantidad de preguntas que puedes formular es proporcional a la cantidad de carga que llevas, tal como el camello en la metáfora. Y, al igual que en esa imagen, la carga no fue elegida por quien la transporta.

    Los camellos no deciden qué llevar.
    Se arrodillan.
    Aceptan el peso.
    Avanzan.

    Del mismo modo, gran parte de nuestros hábitos, valores, creencias religiosas, prejuicios y aspiraciones no fueron escogidos, sino incorporados. Fueron puestos allí por el entorno: la familia, la cultura, la educación temprana, el contexto social.

    El origen de nuestras creencias no suele ser individual

    Llegados a este punto, podríamos plantear el ejercicio de responder una por una las preguntas que escribiste. Sin embargo, conviene anticiparlo: la mayoría de las respuestas te conducirán a una misma constatación incómoda.

    Tus creencias y hábitos no nacieron contigo.
    Tampoco surgieron en el vacío.

    Es altamente probable que:

    • Profeses la religión de tu familia.
    • Persigas ideales similares a los de tu entorno cercano.
    • Tomes decisiones de vida alineadas con modelos que existían antes de ti.

    Y aquí surge una pregunta que suele incomodar:
    ¿cómo puedes estar seguro de que elegiste libremente aquello que ya estaba ahí antes de que tú llegaras?

    La respuesta honesta es simple, aunque inquietante: no puedes estarlo.

    La ilusión de la elección libre

    Es tentador creer que, aunque compartamos creencias y hábitos con nuestro entorno, los hemos elegido conscientemente. Pero esa sensación de autonomía suele ser posterior a la adopción, no anterior.

    Cuando una idea, un valor o una forma de vida ya existía antes de ti, y tú simplemente creciste dentro de ella, la noción de elección libre se vuelve frágil. No porque sea falsa en todos los casos, sino porque no puede darse por sentada.

    La libertad, en este punto, no es un hecho: es una hipótesis que debe ponerse a prueba.

    El ejercicio: responder con rigor y sin complacencia

    Anímate a responder con honestidad —y sin indulgencia— las preguntas que anotaste. Si lo haces con suficiente rigor, comprobarás que muchas de tus respuestas no remiten a decisiones propias, sino a herencias invisibles.

    Este ejercicio no busca generar culpa ni rechazo automático hacia lo heredado. Su objetivo es otro: hacer consciente la condición de camello del espíritu.

    Elegir qué carga soltar y cuál conservar

    Cuando tomes plena conciencia de esa condición, detente y reflexiona:

    • ¿Estás a gusto con las cargas que llevas?
    • ¿Cuáles deseas conservar?
    • ¿Cuáles quieres abandonar?
    • ¿Por qué?

    La pregunta más importante no es qué decides hacer, sino desde dónde decides hacerlo.

    Escribir para pensar mejor

    Llevar este proceso por escrito es fundamental. En la misma libreta donde anotaste las preguntas, registra también:

    • Tus respuestas.
    • Las cargas que deseas soltar.
    • Las que decides conservar.
    • Las razones detrás de cada decisión.

    Este registro no es definitivo. En algún momento deberás volver a él, releerlo y ajustarlo. El diálogo interno que implica dejar de ser camello no ocurre en un solo intento.

    De hecho, suele implicar la confrontación de dos posturas internas que coexisten en cada individuo. Más adelante profundizaremos en esos dos “yo” que, en ocasiones, entran en conflicto y nos empujan a actuar de forma vacilante.

    Cuestionar la carga no te libera de inmediato.
    Pero no cuestionarla garantiza que nunca lo harás.

    Este es apenas el inicio del tránsito. El camello aún camina. La pregunta es si algún día se revelará y querrá dejar de ser un camello.

  • El camello y la carga que no cuestionamos

    Un camello en el desierto lleva la pesada carga que su dueño deposita sobre su espalda. No muestra signos de hastío. Por el contrario, se arrodilla para facilitar el cargue y permitir que su dueño monte. Luego avanza largas distancias, soportando el peso con una resistencia silenciosa.
    Solo exige descansos ocasionales: hidratarse, recuperar fuerzas y continuar.

    La vida, muchas veces, transcurre de forma muy similar.

    Se da por hecho que existe un plan de vida que debemos seguir, un conjunto de reglas incuestionables y una serie de instituciones que hay que respetar y defender. Muchos se arrodillan —sin que nadie se los pida explícitamente— para recibir la carga: trabajar sin pausa, mejorar la situación económica, construir una relación “correcta”, comportarse de manera respetable y avanzar, paso a paso, hacia una versión aceptable de sí mismos.

    Vivir sin preguntar

    La mayoría vive siguiendo rutinas y normas preestablecidas, sin detenerse a cuestionarlas.
    La recompensa suele ser una sensación de tranquilidad: frágil, intermitente, pero suficiente. Cuando se agota, basta con un descanso físico o mental —un fin de semana, unas vacaciones, una distracción— para recuperar energía y seguir adelante.

    Sin embargo, existe una minoría para la cual el descanso ya no funciona.
    La carga no se aligera. La vida se siente pesada de una forma distinta. No como cansancio, sino como desajuste. Algo no encaja.

    Si perteneces al grupo que se siente cómodo con su dinámica cotidiana y para quien el descanso es suficiente, este espacio probablemente no sea para ti.
    Pero si estás en ese punto donde la vida se siente agotadora y no logras entender por qué, puedes seguir avanzando.

    Cuestiona lo que haces

    ¿Te has preguntado por qué haces lo que haces?
    Más importante aún: ¿alguna vez te has respondido esa pregunta?

    ¿Por qué trabajas todos los días?
    ¿Por qué profesas la religión que profesas?
    ¿Por qué consideras que mentir está mal?
    ¿Por qué debes tener buenos modales?
    ¿Por qué sigues comportándote como te enseñaron cuando eras un niño?

    Cuestionar lo que hacemos es el primer paso hacia una autonomía real.
    Tal vez, después de hacerlo, continúes viviendo de la misma manera. Pero ya no será por inercia, sino por comprensión.

    Adoptar una actitud científica frente a la vida

    Asumir la vida con una actitud científica implica observarse, formular hipótesis y dudar de lo evidente. Preguntarse de forma sistemática por las motivaciones detrás de cada acción, hasta empezar a entender qué nos mueve realmente.

    Solo así es posible identificar en qué momento dejamos de sentirnos cómodos viviendo como camellos.

    Un ejercicio práctico para entrenar la duda

    Consigue una libreta pequeña y un bolígrafo.
    Dedica entre 5 y 10 minutos diarios a escribir preguntas sobre lo que haces. Todas. Desde las más triviales hasta las más incómodas o existenciales.

    Hazlo durante una semana completa.

    Al finalizar, cuenta cuántas preguntas formulaste y proponte duplicar ese número la semana siguiente.

    El objetivo no es responderlas.
    Es entrenarte en preguntar mejor.

    Si al completar el ejercicio sientes que la inconformidad aumenta, no te alarmes. Es una señal clara de que el proceso está funcionando.
    En la próxima publicación hablaremos de qué hacer con todas esas preguntas.

  • Después del león

    Existe una forma de comprender al ser humano que parte de la idea de que nuestras experiencias emocionales se organizan, en gran medida, alrededor de cuatro emociones fundamentales: la ira, la alegría, la tristeza y el miedo. No como compartimentos rígidos, sino como fuerzas que se combinan y moldean la manera en que pensamos, sentimos y actuamos.

    Dentro de este marco, la tristeza y el miedo suelen llamar especialmente la atención. Con frecuencia se les mira con desconfianza, como emociones que conviene evitar o mantener bajo control. A muchas personas no les resulta cómodo reconocerse en ellas, y menos aún permitir que tengan un lugar en su vida cotidiana.

    Sin embargo, esta mirada no propone que quienes experimentan con mayor frecuencia la tristeza o el miedo vivan atrapados en el sufrimiento. Más bien, sugiere que estas personas tienden a afrontar la vida desde la reflexión, el análisis y la observación profunda. Son mentes que no pasan por encima de las preguntas importantes, que se detienen a pensar, a dudar, a buscar sentido.

    Las personas con un perfil reflexivo y analítico suelen encontrarse, con cierta regularidad, inmersas en pensamientos sobre el propósito, el futuro, la libertad o el significado de lo que viven. Su mente divaga, conecta ideas, dialoga consigo misma. Por momentos, esto las acerca a una visión idealista de la vida; en otros, a una mirada más pesimista o desencantada. Ese vaivén no es un error: es parte de su forma de estar en el mundo.

    Este espacio está pensado precisamente para acompañar ese diálogo interno. No para silenciarlo, ni para corregirlo, sino para ordenarlo, enriquecerlo y hacerlo más habitable. Aquí encontrarás reflexiones y herramientas orientadas a transitar la vida con mayor serenidad, sin renunciar a la profundidad ni a la claridad mental.

    Puedes recorrer este blog cuando sientas que los pensamientos sobre el futuro, el propósito, el equilibrio o aquello que parece faltar empiezan a volverse abrumadores. Los textos que habitan este espacio nacen de lecturas, años de reflexión, aprendizajes obtenidos tanto de aciertos como de errores, conversaciones honestas y exploraciones en distintas corrientes de pensamiento. No pretenden ofrecer respuestas definitivas, sino abrir diálogos que puedan servirte.

    Este blog es, en esencia, un ejercicio continuo de pensamiento compartido.

    Espero que aquí encuentres un lugar donde pensar no pese tanto.