Este libro llegó a mis manos en septiembre de 2021. Por entonces, sentía una creciente curiosidad por las ideas anarquistas. Un excompañero de universidad me dijo alguna vez que la anarquía no consistía en abolir el gobierno para sumirnos en el caos, sino en alcanzar un estado tal que pudiésemos vivir sin necesidad de él. Esa frase quedó resonando. Decidí entonces comprar algunos libros que llevaran la palabra “anarquía” en el título.
La condición anárquica no es un libro sobre anarquía política. Es, más bien, un libro sobre anarquía axiológica. En sus páginas, Lordon expone que las estructuras de valores no descansan sobre un fundamento sólido y objetivo, sino que se sostienen sobre los afectos —en una línea cercana a Espinoza—. La sociedad, la ética, el orden que creemos estable, no reposan sobre verdades absolutas, sino sobre configuraciones afectivas que se autosostienen.
El autor recorre distintos pensamientos filosóficos y económicos para desmontar nuestra creencia en la existencia de valores absolutos que garantizan el orden moral. Su crítica no es superficial ni ligera: es estructural. Cuestiona la idea misma de que exista un suelo metafísico firme sobre el cual se levante la ética.
Debo confesar que la lectura me resultó densa. Antes de enfrentar este libro, no había leído filosofía con rigor ni tenía demasiada familiaridad con ideas abstractas de este nivel. Logré entenderlo —a medias— gracias a que el autor también recurre a conceptos económicos con los que estaba familiarizado. Sin embargo, más allá de las dificultades, comprendí su idea fundamental. Y esa idea me inició en un camino largo, incómodo y lleno de cuestionamientos.
En este blog reflexiono sobre la cotidianidad y la reedificación personal. Pero La condición anárquica empuja el cuestionamiento mucho más lejos. Nos obliga a repensarlo todo: el arte, la historia, la economía, la ley y cualquier sistema que requiera una ordenación de valores. Nada puede descansar en un fundamento absoluto y objetivo. Todo sistema de valores es contingente.
Sin ser un texto directamente político, el libro contiene implicaciones profundamente revolucionarias. Así como a nivel individual cuestionar nuestros valores puede convertirse en una energía para la reconstrucción personal, hacerlo a nivel social pone en jaque el statu quo y abre la puerta a transformaciones profundas.
El orden social que hoy conocemos —al menos en Occidente— es relativamente reciente. El capitalismo y la democracia activa y masificada tienen menos de 250 años. Eso es poco si lo comparamos con los cerca de 10.000 años de construcción social humana; pero es mucho si lo medimos contra los 80 años que vivirá la mayoría de nosotros. Lo que hoy parece estable y definitivo es, en realidad, una configuración histórica más.
El sistema actual surgió de la destrucción de uno anterior. Los valores de las monarquías y de los regímenes absolutistas se desplomaron para dar lugar a un nuevo orden. Del mismo modo, el sistema que hoy conocemos puede transformarse. Puede ser repensado. Puede ser reconfigurado a partir de los afectos de una sociedad que decida recomponerlo.
Pero más allá de la dimensión histórica o política, la condición anárquica no es solo el título de un libro: es una descripción de la existencia misma. No hay fundamento último. No hay soporte objetivo y eterno que garantice nuestros valores.
Y, sin embargo, eso no significa que todo sea caos.
Lordon señala algo clave: aunque no exista un fundamento absoluto, un sistema de valores debe ser autosostenido para perdurar. La coherencia interna es lo que le da estabilidad. Esto es importante tanto a nivel social como personal. Si edificamos una arquitectura axiológica consistente con nuestros afectos e intereses, podemos crear un sistema de valores que nos sirva de estandarte durante mucho tiempo.
En ese sentido, este libro funciona como un recordatorio teórico de algo que trabajamos constantemente en este blog: somos edificadores de valores. Pero también debemos aceptar que los valores que erijamos no son buenos ni malos en sí mismos; son el resultado de nuestras configuraciones afectivas.
La pregunta no es si existen valores absolutos.
La pregunta es qué haremos con la libertad —y la intemperie— de saber que no existen.