Crimen y castigo: qué ocurre cuando creemos estar por encima de las reglas

En algún momento todos hemos hecho algo parecido, aunque en una escala infinitamente más pequeña.

Queremos tomar una decisión y, antes de reconocer que simplemente la deseamos, construimos una explicación para justificarla. Nos decimos que es razonable, que era inevitable, que cualquiera en nuestra situación habría hecho lo mismo.

A veces incluso conseguimos convencernos.

Rodión Raskólnikov lleva este mecanismo mucho más lejos.

Cuando comienza Crimen y castigo, el protagonista de Dostoyevski es un joven exestudiante que vive prácticamente encerrado en una pequeña habitación de San Petersburgo. Tiene poco dinero, evita a su casera, apenas come y pasa demasiado tiempo pensando.

Eso último resulta ser lo más peligroso.

Porque Raskólnikov ha desarrollado una teoría.

Cree que la humanidad puede dividirse, de alguna manera, entre personas ordinarias y personas extraordinarias. Las primeras deben obedecer las leyes. Las segundas, aquellas capaces de cambiar el curso de la historia, podrían tener derecho a transgredirlas cuando existe un propósito superior.

Napoleón ocupa un lugar importante en su imaginación.

Después de todo, piensa Raskólnikov, la historia está llena de hombres admirados por acciones que, cometidas por una persona común, habrían sido consideradas monstruosas.

La idea parece abstracta hasta que deja de serlo.

Y ahí comienza realmente Crimen y castigo.

Conviene no contar mucho más si todavía no has leído la novela. Dostoyevski no escribió un misterio cuyo atractivo dependa de descubrir quién hizo qué. Lo que le interesa es algo bastante más incómodo: observar lo que sucede cuando una persona intenta vivir de acuerdo con una idea que parecía coherente mientras permanecía dentro de su cabeza.

Dostoyevski antes del existencialismo

Crimen y castigo fue publicada en 1866. El existencialismo todavía no existía como movimiento filosófico, pero muchas de sus preguntas ya están dentro de la novela.

¿Qué significa ser libre?

¿De dónde provienen nuestros valores?

¿Puede una persona decidir por sí misma qué está bien y qué está mal?

¿Somos responsables solamente de nuestros actos o también de la clase de persona en la que nos convertimos al realizarlos?

Décadas después, Nietzsche cuestionaría los valores heredados de Occidente. Kierkegaard exploraría la angustia de elegir. Sartre convertiría la libertad y la responsabilidad en problemas centrales de su filosofía. Camus preguntaría cómo vivir en un mundo que no parece ofrecer un sentido previamente establecido.

Dostoyevski llegó antes a muchas de esas preguntas, aunque sus respuestas fueran distintas.

Raskólnikov quiere liberarse de la moral que ha recibido. No acepta que una regla deba considerarse válida simplemente porque la sociedad la haya repetido durante siglos. Hasta ahí, su rebelión puede resultar incluso atractiva.

El problema empieza cuando confunde la libertad con la ausencia de límites.

Porque una cosa es preguntarse si los valores heredados son correctos y otra muy distinta concluir que nuestra inteligencia nos autoriza a colocarnos por encima de los demás.

Ese pequeño salto es el abismo de la novela.

Raskólnikov y el león de Nietzsche

Hay una razón adicional por la que Crimen y castigo tiene un lugar especial en Después del León.

En Así habló Zaratustra, Nietzsche describe tres transformaciones del espíritu: el camello, el león y el niño.

El camello carga con los valores recibidos. Acepta deberes, mandamientos y expectativas.

El león aparece cuando el individuo empieza a rebelarse contra ellos. Necesita conquistar su libertad y aprender a decir “no”.

Pero Nietzsche no termina allí.

Después del león viene el niño: la capacidad de comenzar de nuevo, crear valores y volver a decir “sí”.

Raskólnikov se parece mucho a alguien que ha descubierto al león y ha quedado atrapado en él.

Ha aprendido a desconfiar de lo establecido. Ve las contradicciones de la sociedad que lo rodea y se niega a aceptar pasivamente el lugar que le ha correspondido. Su error no está en cuestionar.

Está en pensar que cuestionar es suficiente.

El león puede destruir una tabla de valores. No necesariamente sabe escribir otra mejor.

Raskólnikov derriba la idea de que todas las personas están sometidas a las mismas normas y, en el espacio vacío que queda, coloca una nueva convicción: algunas personas son superiores y, por lo tanto, pueden permitirse aquello que otras no.

Sobre el papel, la teoría tiene cierta elegancia.

La vida real es menos ordenada.

El problema de las ideas demasiado perfectas

Una de las cosas más fascinantes de Crimen y castigo es que Dostoyevski enfrenta continuamente las teorías de Raskólnikov con personas concretas.

La pobreza deja de ser una estadística cuando tiene nombre.

El sufrimiento deja de ser una abstracción cuando alguien está delante de nosotros.

Las consecuencias de una decisión dejan de ser una ecuación cuando afectan a seres humanos que aman, temen, esperan y se contradicen.

Tal vez por eso la novela conserva tanta actualidad.

Nuestro tiempo también tiene una enorme confianza en las explicaciones simples. Las redes sociales premian las certezas rápidas. La política divide con facilidad entre buenos y malos. Los discursos sobre éxito separan ganadores de perdedores. Las ideologías ofrecen marcos que prometen explicarlo todo.

El problema no es utilizar categorías. Las necesitamos para pensar.

El problema comienza cuando confundimos el mapa con el territorio y creemos que una teoría sobre las personas es más verdadera que las personas mismas.

Raskólnikov intenta hacer exactamente eso.

Y descubre que la conciencia humana es bastante menos obediente que sus argumentos.

Una pregunta útil para la vida cotidiana

Pocos lectores de Crimen y castigo enfrentarán una situación remotamente parecida a la de su protagonista. Pero el mecanismo mental que Dostoyevski describe sí resulta familiar.

Primero deseamos algo.

Después encontramos razones.

No siempre ocurre de manera consciente.

Aceptamos un trabajo porque paga más y luego nos explicamos que allí tendremos mayor crecimiento profesional. Tratamos mal a alguien y concluimos que se lo había ganado. Tomamos una decisión egoísta y la presentamos ante nosotros mismos como una necesidad.

La racionalización es cómoda porque nos permite conservar una buena opinión de nosotros mismos.

Por eso, si hubiera que extraer una práctica concreta de Crimen y castigo, propondría una sola.

Antes de tomar una decisión importante, intenta formular el mejor argumento posible en contra de aquello que quieres hacer.

No una objeción débil que puedas desmontar fácilmente. El argumento que plantearía alguien inteligente, bien informado y que no comparte tus intereses.

Después pregúntate si todavía estás dispuesto a tomar la misma decisión.

Es una práctica pequeña, pero obliga a separar dos cosas que solemos mezclar: pensar y justificarnos.

Raskólnikov es brillante construyendo argumentos a favor de sí mismo. Su tragedia empieza precisamente allí.

Por qué vale la pena leer Crimen y castigo

No recomiendo Crimen y castigo porque sea uno de esos clásicos que supuestamente hay que leer antes de morir.

Esa es probablemente una de las peores razones para abrir un libro.

Vale la pena leerlo porque Dostoyevski consiguió algo excepcional: convertir una discusión sobre libertad, moral, culpa y responsabilidad en una historia humana.

Raskólnikov puede irritar. Puede parecer arrogante, contradictorio y desesperante. Hay momentos en los que uno quisiera entrar en la novela y obligarlo a salir de su propia cabeza.

Precisamente por eso funciona.

Dostoyevski no construye un personaje para que lo admiremos. Construye una mente que podemos observar desde dentro mientras intenta justificar sus propias decisiones.

Y en ese proceso aparece una pregunta que sigue siendo relevante más de siglo y medio después:

¿qué ocurre cuando dejamos de aceptar los valores que hemos heredado?

La respuesta fácil sería celebrar la liberación.

Pero esa es apenas la mitad del camino.

Nietzsche lo entendió cuando puso al niño después del león.

Raskólnikov también tendrá que descubrirlo.

Destruir una certeza puede ser un acto de libertad. Construir algo mejor en su lugar exige mucho más.

Quizá por eso Crimen y castigo merece estar en la biblioteca de Después del León.

Porque la novela comienza con un hombre convencido de que la gran prueba de su libertad consiste en demostrar que puede cruzar una frontera.

Y termina acercándonos a una posibilidad distinta: que la verdadera libertad quizá no consista en vivir sin límites, sino en poder elegir conscientemente cuáles estamos dispuestos a imponernos.

Si nunca has leído a Dostoyevski, este es un buen lugar para empezar.

Solo una recomendación: no leas Crimen y castigo demasiado rápido.

Raskólnikov pasa buena parte de la novela intentando convencerse de algo.

Conviene darle tiempo.

Puede que, en algún momento, descubramos que nosotros hacemos lo mismo.

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