Crear una moral propia es una tarea necesaria si queremos vivir alineados con nuestra vitalidad y nuestras capacidades. La moral heredada —la que recibimos de la familia, la cultura o la religión— puede servir como guía inicial, pero también puede convertirse en una estructura restrictiva que limite nuestra posibilidad de actuar conforme a lo que realmente somos.
Muchas personas viven intentando cumplir estándares que no eligieron. En ese proceso terminan experimentando frustración, culpa o sensación de insuficiencia. No porque carezcan de valor o talento, sino porque están intentando ajustarse a un sistema moral que no fue construido para su propia naturaleza.
Una vida plena requiere algo distinto. Requiere actuar con valentía frente a la existencia y utilizar nuestra vitalidad como guía. Pero esto solo es posible si el sistema de valores que utilizamos para juzgar nuestras acciones está alineado con lo que realmente aumenta nuestra potencia de vivir.
Crear una moral propia no significa vivir sin reglas. Significa construir reglas conscientes.
Y para lograrlo es necesario comprender primero aquello que sustenta toda moral: los afectos.
La base de la moral: los afectos
En una publicación anterior comenté algunas ideas del libro La condición anárquica de Frédéric Lordon, donde se plantea que las estructuras de valores no se sostienen sobre fundamentos racionales absolutos, sino sobre afectos. Esta idea tiene una raíz filosófica clara en el pensamiento de Baruch Spinoza, quien dedicó buena parte de su obra a explicar el papel de los afectos en la conducta humana.
Para Spinoza, los afectos son modificaciones que experimentamos en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Estas modificaciones pueden aumentar o disminuir nuestra potencia de actuar, es decir, nuestra vitalidad.
Los afectos son el punto de partida de las emociones. Antes de que experimentemos conscientemente algo como alegría, rabia o tristeza, nuestro cuerpo y nuestra mente ya han sido modificados por un afecto.
Comprender esto es fundamental porque significa que nuestras emociones no surgen de la nada. Son respuestas a modificaciones internas que afectan nuestra potencia de vivir.
Cuando comenzamos a observar estos afectos podemos empezar a entender qué cosas nos fortalecen y cuáles nos debilitan.
Y ese entendimiento se convierte en la base para construir nuestra propia moral.
Afectos externos y afectos internos
Spinoza distingue entre dos grandes tipos de afectos:
Afectos externos o pasivos
Afectos internos o activos
Los afectos externos son aquellos que surgen cuando algo fuera de nosotros determina nuestro estado emocional. En estos casos reaccionamos de manera automática, sin haber elegido realmente la emoción que experimentamos.
Por ejemplo, imagina que ocurre un conflicto en tu familia. Tal vez alguien dice algo que te incomoda o te critica. Si de inmediato surge en ti una reacción emocional intensa —rabia, vergüenza, resentimiento— y sientes que no tienes control sobre esa emoción, entonces estás experimentando un afecto externo.
En ese momento no estás actuando desde tu propia dirección consciente. Estás reaccionando.
Los afectos internos funcionan de manera distinta. Surgen cuando nuestras emociones están mediadas por nuestra consciencia y nuestra capacidad de reflexión. En lugar de reaccionar automáticamente, somos capaces de administrar lo que sentimos.
En ese caso no somos arrastrados por la emoción, sino que actuamos con cierta dirección.
Esta diferencia es clave para entender cómo construir una moral propia.
Emociones que reducen y emociones que aumentan la vitalidad
Si observas con cuidado tu vida emocional notarás algo interesante: muchas de las emociones más intensas no son elegidas por nosotros.
La rabia, los celos, la vergüenza o el resentimiento suelen aparecer incluso cuando preferiríamos no sentirlos. A menudo llegan como reacciones involuntarias frente a circunstancias externas.
Esto nos permite entender que estas emociones suelen ser producto de afectos externos.
En cambio, existen otros estados emocionales que sí dependen en mayor medida de nuestra acción consciente: la generosidad, la curiosidad, la búsqueda de conocimiento, la serenidad o la autoconfianza.
Estos estados no suelen surgir por simple reacción. Generalmente requieren una decisión o una disposición interna.
Aquí aparece una observación interesante: los afectos externos tienden a reducir nuestra vitalidad, mientras que los afectos internos tienden a aumentarla.
Cuando nos dejamos arrastrar por emociones reactivas solemos sentirnos más confusos, más agotados o más resentidos. Nuestra capacidad de actuar se reduce.
Por el contrario, cuando actuamos desde afectos internos sentimos mayor claridad, mayor energía y una sensación de expansión.
Esta diferencia nos ofrece una pista importante para construir nuestra moral.
El principio para crear tu propia moral
Si queremos construir una moral propia, el criterio fundamental debería ser el siguiente:
Aquello que aumenta nuestra vitalidad debe ser considerado bueno.
Aquello que la reduce debe ser considerado malo.
Esta idea puede parecer simple, pero tiene implicaciones profundas.
Significa que la moral no debe basarse únicamente en normas heredadas o en reglas sociales, sino en una observación honesta de lo que fortalece o debilita nuestra capacidad de vivir.
Una moral construida de esta manera se convierte en una guía práctica para orientar nuestras decisiones.
No se trata de obedecer reglas externas. Se trata de aprender a reconocer qué acciones nos acercan a una vida más vital y cuáles nos alejan de ella.
Pero para aplicar este principio necesitamos desarrollar una habilidad fundamental: la observación de nosotros mismos.
El ejercicio práctico para descubrir tus valores
Crear tu propia moral no es un ejercicio teórico. Es un proceso de observación continua.
El primer paso consiste en aumentar tu consciencia sobre las emociones que experimentas a lo largo del día.
Observa las situaciones que enfrentas en tu vida cotidiana: conversaciones, decisiones, conflictos, momentos de tranquilidad o momentos de presión.
Después de cada situación pregúntate dos cosas:
- ¿Qué emociones surgieron en mí?
- ¿Cómo actué frente a ellas?
Una vez que tengas claras esas respuestas, reflexiona sobre el resultado. Pregúntate cómo te hace sentir la forma en la que actuaste.
Si tu acción te condujo hacia un estado de mayor claridad, serenidad o energía, probablemente actuaste desde un afecto activo. En ese caso podrías considerar esa acción como algo bueno para tu vida.
Por el contrario, si tu acción te llevó a un estado de malestar, pérdida de control o confusión, probablemente actuaste desde un afecto pasivo.
En ese caso podrías considerar esa acción como algo negativo para tu vitalidad.
Este ejercicio debe repetirse muchas veces. La moral no se descubre en un solo día.
Se descubre observando patrones.
Cómo identificar tus valores fundamentales
Con el tiempo, si realizas este ejercicio con constancia, empezarás a notar algo interesante.
Ciertas emociones se repiten.
Ciertas situaciones generan reacciones similares.
Y poco a poco comenzarás a identificar qué tipos de acciones aumentan tu vitalidad y cuáles la reducen.
En ese momento tendrás la información necesaria para identificar tus valores fundamentales.
Los valores fundamentales son principios que reflejan aquello que más contribuye a tu potencia de vivir. Funcionan como una brújula moral.
No necesitas tener muchos. De hecho, tres o cuatro suelen ser suficientes.
Una vez identificados, puedes empezar a evaluar tus decisiones con base en ellos.
Un ejemplo personal
Para ilustrar este proceso compartiré brevemente mi propia experiencia.
Cuando comencé a realizar este ejercicio de observación noté varios patrones en mi conducta emocional.
Por ejemplo, descubrí que cuando actuaba siguiendo principalmente los intereses de otras personas solía experimentar resentimiento. También observé que me generaba incomodidad tener que reservar mis opiniones o mis ideas por temor a incomodar a otros.
Además, noté algo más: experimentaba una curiosidad intensa por comprender temas que estaban completamente fuera de mi campo habitual de acción.
Estas observaciones se repitieron muchas veces. Con el tiempo se volvieron claras.
A partir de ellas identifiqué tres valores que resultaban fundamentales para mi vitalidad: libertad, conocimiento y preeminencia.
Desde entonces procuro orientar mis decisiones hacia aquello que aumenta mi libertad, amplía mi conocimiento y fortalece mis ventajas comparativas.
Este cambio ha tenido consecuencias interesantes. Algunas cosas que antes consideraba negativas ahora las considero valiosas, mientras que otras acciones que antes parecían correctas ahora me resultan incompatibles con mis valores.
También me ha llevado a reconocer decisiones del pasado que hoy quiero modificar.
Una moral en permanente construcción
El ejercicio de crear tu propia moral no tiene un punto final definitivo.
Las morales tradicionales se construyeron a lo largo de siglos. Algunas tradiciones religiosas, por ejemplo, tardaron miles de años en consolidarse.
La Biblia, por ejemplo, se escribió a lo largo de aproximadamente 1600 años y su influencia moral se extendió durante siglos posteriores.
En comparación, nuestra vida es extremadamente breve.
Es posible que lleguemos al final de nuestra existencia sin haber terminado completamente el proceso de crear nuestra propia moral.
Pero eso no debería desanimarnos.
El valor del ejercicio no está en completarlo, sino en practicarlo.
Cada acto de observación y cada decisión consciente nos acerca un poco más a vivir bajo reglas que realmente elegimos.
Vivir bajo las reglas que elegimos
Soy de los que creen que la existencia no tiene un sentido inherente. El universo no parece haber sido diseñado para cumplir con nuestros deseos ni con nuestras expectativas.
Aceptar esto puede parecer inquietante al principio, pero también puede ser profundamente liberador.
Si la existencia no trae consigo un significado predeterminado, entonces somos libres de crear el nuestro.
Y una de las formas más poderosas de hacerlo es construir nuestras propias reglas morales.
No porque tengamos que hacerlo.
Sino porque es una de las pocas cosas que realmente podemos elegir.
Vivir bajo una moral propia no garantiza una vida perfecta, pero sí puede acercarnos a algo mucho más valioso: una vida coherente con quienes realmente somos.

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